LOS SUFRIMIENTOS NOS PREPARAN PARA VER LA GLORIA DE DIOS
Les dijeron que para entrar en el reino de Dios hay
que sufrir muchas aflicciones.
Hechos 14:22
He notado de manera muy preocupante que la mayoría de
personas quieren continuar viviendo por muy dolorosa que esta vida resulte. Pero
¿Qué valor le agregamos a la humanidad con nuestro respirar? El saber si vale
la pena para el mundo el que sigamos viviendo, es lo que debemos de
interrogarnos. No tenemos que salvar al mundo para merecer una larga vida.
Sabemos por lo que hemos discutido en los capítulos anteriores, que, de ninguna
manera, nuestra recompensa divina se ve reflejada en la longevidad de nuestros
días. Pero lo poco o mucho que vivamos debe servir precisamente para este fin:
Servir.
Por mucho que nos esforcemos en ser buenas personas y
realizar buenas obras para con el prójimo, debemos estar sumamente conscientes,
que la vida eterna, no se nos otorga por méritos propios. Se nos da, única y
exclusivamente por el sacrificio expiatorio de quién vino a sufrir por nuestros
pecados a esta tierra y que venció a la muerte, y su nombre es JESÚS. En Él y
en su infinita gracia encontramos la Salvación.
Pero como en todo, la parte más difícil de nuestro
existir, es el desenlace. Todas las personas tenemos miedo de morir. La muerte
significa un final y como nadie la conoce, nos aterra saber que misterios
deparará. ¿Será verdaderamente el fin?, ¿Dejaremos de sentir?, ¿Será como un
sueño profundo? Para un no creyente estas preguntas pueden ser abrumadoras, sin
embargo, para un creyente esto no debe suponer ninguna clase de desconfianza.
La muerte debe ser la parte más bonita de nuestra vida. Es nuestro encuentro
con aquel que nos amó y nos amará por la eternidad. Podremos ver su rostro
frente a frente y decirle ¡GRACIAS! Por amarnos hasta morir a pesar de nuestros
terribles pecados, a pesar de que el corazón del ser humano está lleno de
venganza, de rencores e inmundicias, a pesar de que lo único que hemos causado
a lo largo del tiempo ha sido dolor, guerra, peleas y hemos destruido el
planeta que se nos dio para vivir.
Cuando conocemos a cristo la muerte cobra un sentido
totalmente diferente. Lejos de ser un castigo para la humanidad es un regalo
que el padre celestial nos ha brindado con el mayor cariño. Poder tocar sus
llagas, sus heridas y estar en completa paz a sabiendas que vamos a estar
protegidos de todo peligro, maldad y dolor, y, seremos felices por la
eternidad.
Por lo tanto, recordemos siempre que nuestro lugar no
es esta tierra, que aquí solo estamos de paso y que el tiempo que Dios nos
regala en este espacio es solo para probarle que somos capaces de vivir en la
ciudad celestial. ¡Somos embajadores del reino celestial aquí en la tierra! ¡Somos
embajadores de Cristo!
Aún, si nos
comportáramos como verdaderos hijos de Dios, debemos de estar conscientes que
el sufrimiento de los seres humanos aquí en la tierra es algo inevitable y que
nos prepara para ver la Gloria de Dios. Por mucho que deseemos lo contrario, la
voluntad Dios predominará. Tal es el caso de Jesús de Nazareth, quién en su
aflicción oró al padre, para que, toda vez fuera su voluntad lo alejará del
momento amargo que vivía. “Jesús se inclinó hasta tocar el suelo con la frente,
y oró diciendo: “Padre mío, si es posible, líbrame de este trago amargo;
pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.” San Mateo
26;39
Pero no fue así, porque Dios lo preparó mediante su sufrimiento, para posteriormente darle toda la gloria y salvar a los seres humanos de la condenación perpetua. Sabemos pues, que los planes de Dios son mejores que los nuestros y que nos prepara para ver sus maravillas.
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